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Si bien es poco conocido el papel de la vitamina E en la piel, este artículo se propone hacer una revisión de la información existente sobre la relación de esta vitamina con la piel, y las fuentes de obtención para su uso a nivel cosmético, así como en alimentos funcionales y en complementos alimenticios, y una breve revisión de la regulación existente.
La vitamina E agrupa diversas vitaminas liposolubles que se categorizan en dos tipos primarios: tocotrienoles y tocoferoles cuya estructura química es similar. Ambas formas de vitamina E existen en 4 isoformas: α, β, γ y δ según la localización de los grupos alquilos en el anillo aromático [1]. El anillo aromático, que incluye un grupo hidroxilo, permite ceder un protón que neutraliza especies radicales libres. Los tocoferoles son la forma más común y abundante en la piel. De todas las isoformas, el α-tocoferol es el que se considera más eficaz y biológicamente activo [2]. Existe en su forma natural (D-α Tocoferol) y también en la sintética (habitualmente Acetato de DL-α Tocoferol), esta última menos biodisponible pero ampliamente utilizada en la industria alimentaria. El cuerpo humano no sintetiza la vitamina E, es un nutriente esencial que debe obtenerse a través de la alimentación, suplementos, o vía cutánea.